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PARA TU REFLEXIÓN PERSONAL

Las manos de mi padre, los labios de mi madre, me enseñaron de Dios mucho más que mi catecismo.


En casa rezábamos cada día la oración de la noche en común.


Es algo que recuerdo y recordaré mientras viva.


Mi hermana Elena recitaba la oraciones. Demasiado largas para los niños, poco a poco iba aumentando en velocidad, embrollándose, abreviando, hasta que mi padre le decía "vuelve a empezar". Entonces yo iba aprendiendo que hace falta hablar con Dios despacio, seria y delicadamente


Es curioso cómo me acuerdo de la postura de mi padre. El que por sus trabajos en el campo siempre estaba cansado después de cenar, se arrodillaba, la frente entre las manos sin mirar a su hijos, sin impacientarse.


Yo pensaba: mi padre que es valiente, que manda en casa, que es insensible ante la mala suerte y no se inmuta ante los ricos, y los malos, ahora se hace un niño pequeño ante Dios. ¡Cómo cambia para hablar con él!


Debe ser muy grande Dios para que mi padre se arrodille ante El y muy bueno para que se ponga a hablarle sin mudarse de ropa.


En cambio a mi madre nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada se sentaba con mi hermano pequeño en sus brazos y todos nosotros muy cerca de ella.


Musitaba las oraciones de punta a cabo todo en voz baja. Lo más curioso es que no paraba de mirarnos uno tras otro, una mirada para cada uno, más larga... para los más pequeños.


Yo pensaba, debe ser muy sencillo Dios cuando se le puede hablar teniendo un niño en brazos y en delantal.


"Las manos de mi padre, los labios de mi madre, me enseñaron de Dios mucho más que mi catecismo. Dios es una persona cercana, a la que se ha habla con gusto después del trabajo".


Extraído de: "Meditaciones del Padre Chesky". (Diario El Tribuno - Salta)


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