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¿POR QUÉ PERMITE DIOS TAL COSA?

Los hombres siguen repitiendo: "¿Y cómo permite Dios que tal cosa ocurra?", "Por qué deja que tantos hombres se mueran de hambre?", "¿Por qué permite que sucedan tales y tantas desgracias?".

¡Qué hipócritas somos! Si el Señor hiciera amputarse automáticamente nuestro brazo apenas lo extendemos al mal, éste sería un mundo de mancos. Si nos acaeciese a nosotros lo que deseamos a nuestro prójimo, estaríamos perdidos. Si se nos secara la garganta a la primera blasfemia, ¡cómo protestaría esta humanidad nuestra contra esa ingerencia en nuestras democráticas y libérrimas autodeterminaciones! Dios nos ha creado libres y jamás violentará la puerta de nuestro libre albedrío, que, por cierto, sólo se abre desde dentro.

Dios nos ha hecho administradores de su creación. Él seguirá mandando sus lluvias, pero los diques que la encaucen y las presas que las retengan serán obra nuestra. Dios seguirá multiplicando el grano en el surco y dorando la mies con las fuerzas incopiadas, o quizá incopiables, de la fotosíntesis, pero la roturación, la siembra, la recolección y . . . ¡ay!, la distribución seguirá siendo obra nuestra.

¡Basta ya de ese macabro truco de hacer nosotros la fechoría y echarle luego la culpa a Dios! La inmensa mayoría de nuestros sufrimientos son obra nuestra. Si nuestra libertad y la inevitable solidaridad de nuestros actos las usáramos "a lo Cristo", como quería San Pablo, tendríamos ya ese mundo que todos soñamos, pero que todos boicoteamos: el Reino de Justicia, de Amor y de Paz, que inaugurará jesucristo.

Esa borrachera colectiva de libertad que nos aturde nos hace cerrar los ojos a la creciente negra nube con que estamos estropeándolo todo y creando más y más sufrimiento. Ahí tenemos el constructor que empobrece la mezcla; al sanitario que no esteriliza la aguja; al alcohólico, al sifilítico,al drogadicto que legan a sus hijos una triste herencia, al chismoso que destruye la paz de una casa; al que saca buenos beneficios de la pornografía y de la droga; al escritor que vende su pluma a la mentira; al político atizador de odios en beneficio propio; al que cumple con el horario, pero no con su deber; al falso profeta que envenena a sus estudiantes desde su cátedra. Añade los mil robos, las mil ponzoñas, las mil injusticias. ¡Una lista interminable!.

Todo eso tiene un nombre, pero que hoy suena a cursi el pronunciarlo. A todo esto se le llama pecado. Jesucristo vino a darle batalla. Y, cosa tremenda, derrota al pecado con sufrimientos y muerte, ambos frutos del pecado, y hace así porque nos ama.

James Hinton dijo: "Nunca habríamos sentido la alegría del amor, ni jamás habríamos sabido lo que es de veras el amor, si no se nos hubiera concedido el privilegio del dolor y del sacrificio". Tampoco conoceríamos el amor de un Dios que se hace hombre, si no fuera por la Pasión, la Muerte, la Resurrección de Cristo.

Se preguntan los insolentes hombrecillos, por boca de Hume, ¿"No podría la Deidad abolir todo sufrimiento?". Claro que si. Entonces tendríamos un mundo en donde ninguna acción mala tendría efectos malos: ni el poner un dedo en la llama, ni el beberse un vaso de ácido sulfúrico, ni el clavar una navaja en un ser indefenso.

Podríamos correr como locos conduciendo a la derecha, a la izquierda o en dirección prohibida, sabiendo que arrollar a un peatón no le haría mucho daño; robar en una relojería no tendría ningún resultado adverso, ya que volverían automáticamente a llenarse de relojes las estanterías.

Es decir, tendríamos un mundo donde las palabras crueldad, traición, descuido, asalto, injusticia, infidelidad no significarían ya nada: un mundo sin valores morales. No es ciertamente un mundo así donde se fraguan "los hijos de Dios". En tal mundo jamás se desarrollaría la capacidad de amar, ya que en ese mundo, tan insípido y anestésico, no existiría esa piedra de toque llamada "sufrimiento". Lo que hay que abolir es la causa de ese sufrimiento: el desorden ético.

Pero, ¿no habría otro medio más que la cruz para redimirnos? ¿Por qué tendría que sufrir tanto Jesucristo? Ciertamente, habría podido redimirnos por real decreto, con talante de indiferencia hacia una imbécil estirpe humana que desdeñó el Amor y con la distante frialdad de un Ser Supremo, olímpicamente inafectado por la suerte de estos gusanillos terrestres que son los hombres.

Pero entonces... ¿Creeríamos en el Amor infinito de Dios?

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