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Ecos de Aparecida

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Para muchos cristianos de América Latina, dicha conferencia ha sido un momento importante para identificar las pautas que se perfilan en la Iglesia de este continente en el que residen la mayoría de los católicos del mundo


De la lectura de este hermoso documento, se desprende claramente que los laicos y los medios de comunicación católica, tenemos que estar preparados para actuar de acuerdo a nuestras responsabilidades para llevar el Evangelio a todos aquellos lugares donde aún no está llegando.

La pregunta pues ahora es: ¿qué podemos hacer para cumplir este mandato? ¿para llevar el evangelio allí donde hay un mundo esperando ser evangelizado? ¿cómo llegar a los miles de jóvenes que aún no conocen a Jesús, en un mundo donde la cibernética los va alejando aún más del camino de la fe? A todos los bautizados Dios nos regaló la gracia de ser instrumentos de su reino. A cada uno según sus capacidades o limitaciones; a todos en nuestro tiempo, ambiente, etc., nos llama a evangelizar.

Somos, por vocación divina: evangelizadores, testigos de Jesucristo, constructores de una nación - Patria Nueva- por la novedad del evangelio; somos semilla de la Cultura de La Vida, herramientas libres en sus divinas manos para la edificación de su Santa Iglesia (comunión - Misionera - solidaria - Casa y escuela de Oración, Casa y Escuela de servicio).

Al igual que la Filiación Divina, la liberación del pecado original, las Virtudes Teologales y las Cardinales y tantos otros dones: en el Bautismo Dios y la Iglesia nos regalaron todo lo necesario para ser misioneros de nuestra cultura y de nuestro tiempo, donde todo ya está dado a cada uno. Dios ya lo realizó para nuestra felicidad y el bien de quienes nos rodean, de quienes son nuestros contemporáneos. Este don: "ser misioneros y evangelizadores"; nos llama a asumir un mayor compromiso de ejercer ese servicio y ministerio: trabajar por la paz de Cristo en el reino de Cristo. Este Don de Dios es cada día tarea a desarrollar, a trabajar, a fortalecer, a practicar y a ejercer a favor de nuestro tiempo, de nuestra Patria, de nuestra sociedad.

La realidad que nos rodea necesita que cada uno de los fieles laicos; emprendan cada uno, la tarea evangelizadora con auténtica pasión por Jesucristo y absoluta actitud de servicio, capacitando su corazón y su inteligencia, fortaleciendo la voluntad, y, madurando en la recta razón, se forjen en la escuela de las virtudes humanas y cristianas. Y así regalen, donen físicamente todo lo necesario de sí mismos, para que brille el esplendor de la Verdad que los hará a todos auténticamente libres.

El don de ser Hijos de Dios y la vocación evangelizadora, nos pide asumir el don y la tarea, pidiendo como gracia de Dios, ser perseverantes, ser fieles. La perseverancia en le bien, la fidelidad en el Amor y en la caridad social, hay que pedirlos siempre en la oración, en la contemplación de Cristo, en la devoción mariana, en la vida sacramental. "Queremos encontrar los modos de llegar a todos los bautizados, propiciando su inserción cordial en la vida de la Iglesia, porque la mayor parte de los bautizados no han tomado plena conciencia de su pertenencia a ella. Se sienten católicos, pero no siempre miembros de la Iglesia. Procuraremos hacernos prójimos de los excluidos de la historia para introducirlos en la misma experiencia que nos ha cambiado la vida. La Nueva Evangelización implica un esfuerzo por salir al encuentro de las mujeres y los varones de nuestros ambientes, especialmente de los que se sienten más alejados, allí donde se hallan y en la situación en la que se encuentran, para ayudarles a experimentar la misericordia del Padre". (NMA 77).

"Como discípulos y misioneros, estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y a anunciar que Cristo ha redimido todos los pecados y males de la humanidad," la respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano (Lc. 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que como con publicanos y pecadores, que acoge a los pequeños y a los niños, que sana a los leprosos, que perdona y libera a la mujer pecadora, que habla con la samaritana". (Aparecida 2007, 134, 135)
La Iglesia, en cuanto marcada y sellada "con Espíritu Santo y fuego" (Mt, 3, 11), continua la obra del Mesías, abriendo para el creyente las puertas de la salvación. El mismo y único Espíritu guía y fortalece a la Iglesia en el anuncio de la Palabra, en la celebración de la fe y en el servicio de la caridad, (Aparecida 2007 151)

La Conferencia Episcopal nos dice claramente en este documento que: MISIÓN es EVANGELIZAR, es dar a todos lo que es de todos: la salvación.

LA IGLESIA-nosotros los cristianos- EXISTE PARA COMUNICARLA A TODOS.

"ID POR TODO EL MUNDO PREDICAD EL EVANGELIO A TODOS LOS BAUTIZADOS".

Son palabras que suenan a mandato, orden de trabajo, urgencia, compromiso inmediato.

¿Por qué entonces, después de casi 2000 años sólo se ha anunciado al 25% de la humanidad? ¿Por qué queda el 75 % sin evangelizar? ¿Por qué hay sólo 180.000 misioneros, evangelizando a más de 3.000 millones de personas?
De continuar a este ritmo, en la mejor de las hipótesis necesitamos 6.000 años más para evangelizar el resto de la humanidad. Sin tomar en cuenta que las estadísticas actuales informan que no mantenemos el ritmo, que la evangelización procede más lentamente que el aumento de la población, que los misioneros en cambio de aumentar disminuyen..."Hoy faltan 2.000.000 de misioneros para predicar el Evangelio a los miles de millones que todavía no lo conocen." Dios llama a sus misioneros de entre los cristianos. América Latina tiene el 40% de los católicos del mundo, por consiguiente de aquí deben salir el 40% de los misioneros necesarios, es decir 800.000 misioneros. "Pero...Actualmente en el mundo hay sólo 180.000 misioneros, por consiguiente, a cada uno le corresponde anunciar el Evangelio de Cristo a 20.800 personas. En otras palabras: 20.800 personas esperan que tú les prediques a Cristo y su Amor".

SOMOS TODOS MISIONEROS

Todo cristiano, por su mismo bautismo, debe ser misionero, en el sentido de que tiene que colaborar en manera eficaz a la evangelización de todos los hombres. Nadie que crea en Cristo puede lavarse las manos en este asunto, todos estamos inmersos en la tarea de construir el Reino de Dios hasta los últimos confines de la tierra. No hay descanso hasta que un solo hombre quede todavía sin saber que Cristo ha venido a salvarlo, a salvar a todos. EVANGELIZAR a los no cristianos, no es un acto de generosidad por parte nuestra, es un deber; y si no lo hacemos cometemos una injusticia, no somos cristianos auténticos. Ellos tienen el derecho a recibir este anuncio, de la misma manera que tienen derecho al alimento físico. EVANGELIZAR es dar a todos la Gran Noticia que transforma a la humanidad. Es dar a los jóvenes, a los pobres, desamparados, a los perseguidos y marginados el DERECHO de conocer y amar a Dios, participar de su misma vida comunicándose con El, el DERECHO de vivir como hijos de Dios, participando de todos los bienes que EL, Padre bueno, ha creado para todos: vida, salud, instrucción, familia, casa, alimento, libertad, seguridad, paz.

SER MISIONEROS ES CUMPLIR CON ESTA TAREA. CON TODOS LOS HOMBRES DEL MUNDO. HASTA LOS ULTIMOS CONFINES DE LA TIERRA.

La vocación misionera es esencialmente un llamado que Dios hace a quien quiere, para un servicio universal a los hermanos más pobres y marginados espiritualmente, para llevarles el amor de Cristo. El misionero ha entendido, porque Dios se lo hizo entender con la vocación misionera, que nadie es más pobre que quienes no conocen al verdadero Dios. Vive en lo más íntimo de su ser la urgencia de predicar a estos hermanos, va, habla, actúa, inventa, se deshace, da la vida para que todos lleguen pronto al conocimiento de la verdad y tengan vida verdadera. Nadie ni nada lo detiene en la marcha evangelizadora.

Y cuando ha sembrado la fe y ha logrado construir una comunidad cristiana capaz de vivir por sí misma, lo deja todo y se marcha nuevamente...otros hermanos más pobres lo esperan... No puede detenerse a cultivar; el es un sembrador, al detenerse traiciona su vocación misionera. LAICOS MISIONEROS

Misioneros Laicos: son aquellas personas que-conscientes de su Bautismo y de su Confirmación y de su inserción en la Iglesia que es "comunión y misión"-colaboran con su acción y su palabra, en la Santa Misión. Su tarea específica es la de Juan Bautista: preparar los caminos del Señor. En este sentido se expresa la exhortación apostólica Christifideles Laici (CFL):

"Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza particular, la acción delos fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso... No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor.
El "dueño de casa" repite con más fuerza la invitación: "Id vosotros también a mi viña..." exige un renovado dinamismo misionero" (CFL 3, 28).
Ya desde los primeros tiempos de la predicación apostólica, los laicos han desarrollado un papel importantísimo. En nuestros días no faltan cristianos que, para realizar más a fondo su compromiso misionero adquirido en el bautismo, dan parte de su tiempo a la misión en un "servicio temporáneo". Se trata de una vocación específica, dice el Concilio (AG 41).
Los Curas Párrocos y demás sacerdotes, por más que lo deseen, no pueden realizar la enorme tarea de ambientar ellos solos una Misión de tanta envergadura.
Es necesario ir a lugares y ambientes donde ellos no pueden llegar, o no conviene que vayan, hasta que el Misionero Laico (ML) no lo haya visitado o "ablandado" de antemano.
El Espíritu Santo, el gran testigo
La gran Misión del ESPÍRITU SANTO es testificar a todos quién es CRISTO. Por eso JESÚS, no nos manda ser testigos, sin darnos antes el ESPÍRITU SANTO. Nuestro trabajo es ponernos a su servicio, ser capaces de santificarnos.
EL ESPÍRITU SANTO nos llevará a un contacto vital con JESÚS.
Nuestro testimonio no es una idea, una filosofía; sino una persona = CRISTO, cuyo cuerpo formó el ESPÍRITU SANTO en el seno de MARÍA. Cómo ser testigo de Cristo
La Iglesia es la prolongación de CRISTO muriendo y resucitando. Nuestro testimonio participa de estas dos cualidades de CRISTO de su IGLESIA. Siendo sólo discípulos de Cristo, no podemos pretender ser mayores que El t..."No es el siervo mayor que su Señor... Si a mí me persiguieron, también los perseguirán...En el mundo tendréis tentaciones, pero confiad; yo he vencido al mundo".

San Pablo lo sintió en su propia carne: "Llevamos ese tesoro en vasijas de barro para que la excelencia del poder sea de Dios y no nuestra. De mil maneras somos atribulados, pero no nos abatimos por perplejidades, no nos desconcertamos; perseguidos, pero no abandonados..."

En nuestra vida (nuestra gran Misión) pasaremos por pruebas semejantes. Y de ese modo, testificaremos que Cristo ha muerto por nosotros. Pero también-como IGLESIA- somos testigos de la resurrección de CRISTO. Dios ha resucitado a Jesús: nosotros somos testigos (Hech. 2, 32). La Resurrección no debe ser vista como un hecho pasado. Es un mensaje actual: "CRISTO ha resucitado: me salvó a mí". Dios nos ha puesto en el mundo para dar un mensaje de alegría; la alegría de:

"SENTIRNOS Y SABERNOS SALVADOS POR CRISTO. LA ALEGRÍA DE SER OTROS CRISTOS". (Cat. Igl.Cat. 731 - 741).

"Como discípulos y misioneros, estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y a anunciar que Cristo ha redimido todos los pecados y males de la humanidad," La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano (Lc. 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que como con publicanos y pecadores, que acoge a los pequeños y a los niños, que sana a los leprosos, que perdona y libera a la mujer pecadora, que habla con la samaritana". (Aparecida 2007, 134, 135) La Iglesia, en cuanto marcada y sellada "con Espíritu Santo y fuego" (Mt, 3, 11), continua la obra del Mesías, abriendo para el creyente las puertas de la salvación. El mismo y único Espíritu guía y fortalece a la Iglesia en el anuncio de la Palabra, en la celebración de la fe y en el servicio de la caridad, (Aparecida 2007 151)

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