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Una vez más Cristo nos dice "¡Vayan!". Para ser discípulo de Cristo

"HAY QUE PONERSE EN CAMINO...".


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COMPROMISO MISIONERO DEL CATEQUISTA


La tarea eclesial que realiza el catequista en los territorios de misión desborda cualquier otra consideración que pudiera tenerse de la labor del catequista en una Iglesia establecida. En la misión el catequista atiende no sólo la acción específicamente catequética de la comunidad cristiana, sino que colabora en los servicios apostólicos necesarios para la edificación de la Iglesia y para su crecimiento. Su labor se transforma en absolutamente imprescindible para el anuncio del Evangelio y la cooperación evangelizadora (cf. Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Guía para los catequistas, Roma, 1993, p. 9).

En las comunidades eclesiales ya establecidas, los catequistas, en cambio, tienen unas connotaciones diferentes, pero no menos importantes. Su principal función es cooperar, como testigos de la fe, en la iniciación a la fe y vida de la Iglesia de quienes se han incorporado por el Bautismo a la comunidad cristiana.

Para comprender aún mejor este servicio eclesial, baste recordar qué dice de ellos la Iglesia en sus documentos más recientes: “El catequista es un laico especialmente encargado por la Iglesia, según las necesidades locales, para hacer conocer, amar y seguir a Cristo por aquellos que todavía no lo conocen y por los mismos fieles” (Asamblea Plenaria de la CEP, 1970); “fieles laicos debidamente instruidos y que se destaquen por su vida cristiana, los cuales, bajo la dirección de un misionero, se dediquen a explicar la doctrina evangélica y a organizar los actos litúrgicos y las obras de caridad” (CIC, c. 785, 1); y “agentes especializados, testigos directos, evangelizadores insustituibles, que representan la fuerza fundamental de las comunidades cristianas, especialmente en las Iglesias jóvenes” (Juan Pablo II, Redemptoris missio, 73).




CATEQUISTAS AL SERVICIO DE LA MISIÓN


El ministerio catequético que la Iglesia encomienda a quienes han recibido este carisma entraña el compromiso irrenunciable de su formación, y a ello dedica la Iglesia lo mejor de sus recursos humanos y materiales. Formación referida a estos tres niveles:

1. Catequista profundamente religioso

La primera esfera formativa del catequista es su capacidad de apertura a la Palabra de Dios contenida en la revelación, predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia y vivida especialmente por los santos. Desde la apertura de la Palabra se da el paso al encuentro con Dios, Uno y Trino, que está en lo más íntimo de la persona y da sentido a su vida. En este proceso tiene lugar el arraigo de una espiritualidad específica en el interior del catequista, que emerge de la experiencia religiosa de Dios y le lleva al amor sin condiciones a la Iglesia y a las personas, como lo hizo el mismo Cristo: “Amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25).

ANIMACIÓN MISIONERA

2. Autenticidad de vida del catequista

Esta autenticidad se expresa a través de la oración, la experiencia de Dios, la fidelidad a la acción del Espíritu Santo, y transforma su vida al estilo de vida propugnado en las Bienaventuranzas. En este contexto el catequista se esfuerza por vivir una unidad de vida donde lo humano se funda con lo religioso para hacer de su existencia una única realidad que se ajuste a la verdad del Evangelio. Así el catequista se convierte en sembrador de paz, justicia y esperanza cristiana, haciendo realidad el deseo de Juan Pablo II: “El don más precioso que la Iglesia puede ofrecer al mundo de hoy, desorientado e inquieto, es el de formar cristianos firmes en lo esencial y humildemente felices en su fe” (Catechesi tradendae, 61).

3. Ardor misionero

Como apóstol de Jesucristo, el catequista exclama: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Este empuje misionero nace de sus fuertes convicciones interiores, que le hacen decir con Pablo: “¡Ay de mí si no predicare el Evangelio!” (1Co 9,16), y le impulsan a colaborar activamente en el anuncio de Cristo y en la construcción y crecimiento de la comunidad eclesial.

Ahora bien, el coraje misionero pasa necesariamente por la experiencia de la cruz. El Cristo que el catequista ha aprendido e interiorizado es el “crucificado”, “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (1Co 1,23). La vida del discípulo es como la del Maestro, que cifra su eficacia en la eficacia de los valores del Reino, muy distintos a los que el mundo proclama como propios. Jesús enseña que el camino es la humildad, el despojamiento, la pobreza, la justicia... y el perdón.

¿CATEQUISTA MISIONERO O MISIONERO CATEQUISTA?


El catequista por ser catequista ha de ser misionero. ¿Catequista misionero o misionero catequista? Ninguno de los dos elementos es adjetivo, sino sustantivo. Ni catequista sin ser misionero, ni misionero sin ser catequista. Independientemente del ámbito donde realizan este servicio y de las implicaciones eclesiales que asumen, los catequistas son esencialmente misioneros. Si una Iglesia local se ha de transformar en misionera, cuánto más quienes sirven a una de sus misiones esenciales, como es la iniciación a la fe.

Para la celebración de la Jornada de la Propagación de la Fe (DOMUND 2008) se ofrecen a los catequistas unos guiones para la catequesis con niños y jóvenes, que ayudarán a realizar esta labor desarrollando una de las dimensiones fundamentales de la catequesis: iniciar a los bautizados en la universalidad de la Iglesia.

El protagonista de estas catequesis es el misionero de los gentiles, Pablo de Tarso. A los niños se les presenta como el discípulo que cambia su vida, una vez se ha encontrado con Jesús. Los jóvenes –y no tan jóvenes– pueden contemplarle como el bautizado que ha sido llamado a la misión y enviado por la Iglesia.



Anastasio Gil. Subdirector de las OMP


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