NAVIDAD Y FAMILIA | IMÁGENES NAVIDEÑAS
Las
fiesta de Navidad nos ofrece la ocasión de expresarnos mutuamente la amistad y el afecto, los deseos de felicidad y de paz. No existen creo palabras más acertadas que las que nos ofrece el mismo Dios cuando nos enseña cómo bendecirnos entre nosotros, como hermanos, como familia, como hijos del mismo Padre: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz" (Núm 6, 24- 46.)
Si el tiempo litúrgico del Adviento es sinónimo de esperanza en el retorno glorioso del Señor que nos ha visitado viniendo de lo alto (cf. Lc.1,78) y que diariamente llama a nuestras puertas, Navidad es ante todo encuentro con Jesús, el Salvador del mundo, nacido en Belén. Tanto la esperanza como el encuentro tienen un rostro personal y un nombre concreto, el de Jesús, el Mesías, el Señor.
A partir de ese foco de luz todo queda iluminado: El trabajo por la paz tan difícil en nuestra sociedad y en el mundo, la justicia y el amor como fundamento de la paz, la fraternidad entre las personas, la familia tan fundamental y tan probada actualmente, la acogida a los inmigrantes y excluidos, el cobijo de "los sin-techo", la sobriedad frente al consumo desenfrenado, la bondad del corazón añorada por todos, la fragilidad de los niños cuyo único lenguaje es el llanto y la sonrisa, la compasión por cuantos viven a la intemperie. En la escuela de Belén aprendemos lecciones muy importantes de humanidad.
Las celebraciones de Navidad son eminentemente familiares. Navidad convoca a las familias para encontrarse, compartir la mesa y la fiesta, fortaleciendo así los lazos familiares. Estas entrañables fiestas manifiestan tanto el don de la familia como la ausencia por la lejanía y el vacío producido por su ruptura.
Navidad no es sólo la fiesta de Dios que se hace hombre, es también la fiesta de la familia y de la vida, como ha dicho Juan Pablo II. El carácter familiar de estos días deriva inmediatamente de las circunstancias evangélicas del nacimiento del Señor. Jesús nació en una familia y en un matrimonio. Según las señales del cielo, Jesús recién nacido fue encontrado con María y José (cf. Lc 2,16; Mt 2.11). Como esposos afrontan las molestias del camino desde Nazaret a Belén para empadronarse y los riesgos de la huída a Egipto para salvar la vida del Niño (cf. Lc 2,1 ss. Mt 2,13 ss.). En familia nació Jesús, se crió, creció y desde el hogar de Nazareth salió para cumplir su misión (cf. Lc 2,39 ss., Mc1,9) La familia fue el marco humano y el "hábitat" de la encarnación del Hijo de Dios.
Por este motivo celebramos la fiesta de la Sagrada Familia en el ámbito de las fiestas de Navidad.
La familia y el matrimonio son desde hace algún tiempo centro de especiales preocupaciones y de esperanzas, ya que es altamente apreciada y al mismo tiempo está sometida a riesgos de trascendencia inmensa y de alcance sin precedentes.
Navidad para los cristianos
Es indudable que para los cristianos tiene un significado muy especial puesto que conmemoramos el nacimiento del Dios viviente que se encarna en una familia que le protege hasta la edad madura y le enseña, como a cualquier ser humano, a vivir y desarrollarse en sociedad. La verdad es que resulta un misterio esa dualidad divinidad/humanidad, pero cuando leo los Evangelios encuentro que esa dualidad convive en perfecta armonía.
Ahora, sumidos como estamos en una gran incertidumbre económica, quizás es cuando más sentido tiene la institución de la familia. Es el momento en el que podemos apoyarnos en ella para compensar las carencias económicas del día a día. Y para pensar en la soledad de tantas y tantas personas que deben acudir a la ayuda de una Cáritas desbordada, para satisfacer las necesidades más elementales.
Recuerdo, cuando era niño, el sermón -ahora se le llama homilía- del cura en la misa de gallo: "mientras vosotros comeréis pavo y turrones, otros, que están a pocos metros, tiritan de frío y pasan hambre". Nos producía una cierta e indeterminada incomodidad esas palabras, aunque a medida que el país fue progresando, su discurso quedó desfasado. Y la apelación chinitos lejanos conmovía a poca gente. Después, incluso nos hicimos tan modernos que eso de la caridad lo metimos en el baúl de lo «kitsch». Pero con los años volvemos a donde nunca debimos de salir y, afortunadamente, se comprende el exacto sentido de las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- y la cardinales -prudencia, justicia, fortaleza y templanza-.
Estos son días familiares donde, también, nos enviamos felicitaciones. A mi me ha conmovido, especialmente, la de mi amigo Alberto Benasul y porque recuerda nuestra festividad cristiana y la suya judía del encendido de velas, la festividad de Janucá, que es una fiesta de liberación, donde se lee el libro de los Números que habla de la consagración del altar por Moisés, y el de Zacarías que se refiere al candelabro de oro de siete luces, terminando el texto con esas palabras que les ofrezco a ustedes en este artículo de Navidad: "No con el poder ni con la fuerza sino con mi espíritu, dice el Señor de los ejércitos".
Celebremos, pues, la Navidad con la fuerza de Dios, con la fuerza del espíritu.
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Colaboración de: jorgetriassagnier.com

El árbol con sus ramas verdes, simboliza la vida eterna que trajo Cristo al mundo, la perpetua primavera de esperanza.
Las velas encendidas -ahora focos de colores- y los objetos brillantes colgados, simbolizan el advenimiento de la luz y la gloria de Dios que se refleja a todas partes.
La estrella que se pone en la cúspide, es recuerdo de la Estrella de Belén que atrajo a los hombres desde lejos.
Los regalos que se colocan debajo de él, simbolizan la cantidad de dones que Dios nos trae con su Encarnación y que hemos de compartir unos con otros.
La forma triangular del árbol (por ser generalmente una conífera), representa a la Santísima trinidad

"Dos niños en un pesebre" Algo para meditar en esta Navidad...

Hace tiempo, dos norteamericanos visitaron en Rusia un orfanatorio de aproximadamente 100 niños que habían sido abandonados y dejados en manos del gobierno. Ellos nos cuentan lo que les pasó:
“Se acercaba la época de las fiestas de 1994, los niños del orfanato iban a escuchar por primera vez la historia tradicional de la navidad. Les contamos acerca de María y José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas, por lo que debieron ir a un establo, donde finalmente el niño Jesús nació y fue puesto en un pesebre. A lo largo de la historia, los niños y los empleados del orfanato no podían contener su asombro. Algunos estaban sentados al borde de la silla tratando de captar cada palabra. Una vez terminada la historia, les dimos a los niños tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre.
A cada niño se le dio un cuadrito de papel cortado de unas servilletas amarillas que yo había llevado conmigo. En la ciudad no se podía encontrar un solo pedazo de papel de colores.
Siguiendo las instrucciones, los niños cortaron y doblaron el papel cuidadosamente colocando las tiras como paja. Unos pequeños cuadraditos de franela, cortados de un viejo camisón que a una señora americana se olvidó al partir de Rusia, fueron usados para hacerle la manta al bebé. De un fieltro marrón que trajimos de los Estados Unidos, cortaron la figura de un bebé. Mientras los huérfanos estaban atareados armando sus pesebres, yo caminaba entre ellos para ver si necesitaban alguna ayuda. Todo estuvo bien hasta que llegué donde el pequeño Misha estaba sentado. Parecía tener unos seis años y había terminado su trabajo. Cuando miré el pesebre quedé sorprendido al ver dos niños dentro de él. Llamé rápidamente al traductor para que le preguntara por qué había dos bebés en el pesebre. Misha cruzó sus brazos y observando la escena del pesebre comenzó a repetir la historia muy seriamente. Por ser el relato de un niño que había escuchado la historia de Navidad una sola vez, estaba muy bien, hasta que llegó la parte
donde María pone al bebé en el pesebre.
Allí Misha empezó a inventar su propio final para la historia, dijo: “Y cuando María dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá ni un lugar para estar.
Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con Él. Le dije que no podía, porque no tenía un regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiera darle a Él como regalo; se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor. Por eso le pregunté a Jesús: Si te doy calor, ¿ese sería un buen regalo para ti? Y Jesús me dijo: Si me das calor, ese sería el mejor regalo que jamás haya recibido. Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre.”
Cuando el pequeño Misha terminó su historia, sus ojitos estaban llenos de lágrimas empapando sus mejillas; se tapó la cara, agachó la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo.
El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que estaría con él para siempre!
Y yo aprendí que no son las cosas que tienes en tu vida lo que cuenta, sino lo que verdaderamente importa es a quién tienes.”
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