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"La escucha Raíz de la Misión del Cristiano"


“Es necesario que yo disminuya y que El crezca”. Caridad y humildad, los dos rieles de nuestra vida espiritual. Sanidad: aceptar nuestra pequeñez y reposicionarnos frente a la verdad. Ser santo es estar donde nos toca estar. Corregir la escucha para hacer la voluntad de Dios. La oración, como ejercicio permanente, va matando el egoísmo

El concepto de la santidad viene tan adecuado para nuestro tiempo. Un tiempo en el que se notan tanto y se vive tanto de las heridas, se sufre tanto. Un tiempo en el que empezamos a poner en común lo que ocultamos durante muchos años. Quizás hasta con un poco de exageración pero un tiempo en el que aparece el hombre tal cual es. Esto es lo bueno de este tiempo. A veces estamos mirando solo las cosas negativas, lo que no nos gusta, la pérdida de valores, una serie de cosas, pero creo que nuestro tiempo es un tiempo en el que , aunque la hipocresía no muera nunca, aparece más claro que las cosas son como son y aparecen, y eso es muy saludable, y esto nos obliga a nosotros como cristianos, a la Iglesia, a todos, a tener una actitud distinta en nuestra pastoral y a nosotros mismos también, la misma realidad, nos ha llevado a hacer acto de sinceramiento que son actos de sanidad. Sincerarse con uno mismo, compartir la herida, como el Señor. Y qué lindo, cuánta utilidad tienen las llagas del Señor. El las expuso para que en ella nos refugiemos los heridos, bendito sea Dios.

Voy a ir compartiendo una buena lectura. Siempre es bueno tener, hablando del Espíritu Santo que va acompañando nuestra vida y decirles que nuestra peor debilidad es no poder aceptar nuestra pequeñez. Cuánta verdad tiene esta expresión. Una de las cosas más difíciles para nosotros es no aceptar nuestra pequeñez. Olvidar que somos una pequeña parte del universo sin límites, uno más en esta humanidad inmensa, y tanto lío que hacemos siendo tan pequeños. El corazón se revela porque su debilidad lo lleva a pretender ser el centro del todo. Nuestra gran debilidad, nuestro egoísmo que muchas veces nos va traicionando y pulsando mal en la vida y hacemos tanta fuerza, tanto escándalo, tanto lío, prepoteamos tanto, y nos olvidamos de nuestra pequeñez muchas veces, y cuando la experimentamos claramente en vez de serenarnos y ponernos en el lugar, lo que hacemos es seguir pataleando, renegando y despotricando contra la vida y nos enojamos más todavía y más nos envalentonamos muchas veces. El corazón se revela porque su debilidad lo lleva a pretender ser el centro de todo.

Es importante de que nos demos cuenta de que se trata de una pretensión bastante absurda. No somos ni seremos el centro de la realidad jamás. No nos olvidemos. Esto especialmente para los que tenemos protagonismo. Mire que nos acostumbramos a ser de alguna manera tenidos demasiado en cuenta, demasiado importantes. Cuidado con el ser centro, nadie aguanta eso. Aquí hay que hacer un ejercicio, no somos ni seremos el centro de la realidad. Nosotros moriremos y el mundo seguirá funcionando y avanzando. Vos te morís y el mundo sigue dando vueltas. Pero nuestra gran debilidad nos lleva a engañarnos y a sentir que realmente el mundo gira a nuestro alrededor y por eso no entendemos que los demás no es están pendiente de nosotros. ¿Por qué? Porque nosotros somos el centro. El signo de que nosotros estamos posicionados en el centro de la cuestión es que nos pone nervioso que no nos den importancia, que no nos escuchen, no nos obedezcan, que no giren o corran a nuestro ritmo. Que no nos tengan en cuenta es un signo para hacer un discernimiento sencillo y reposicionarnos frente a la verdad, no tener miedo de la verdad. No tener miedo, puede doler pero va a hacer bien, no daña sino cura, eleva, dignifica, recupera, ubica, la verdad nos hace libres dice la escritura.

Un signo lindo para darnos cuenta si estamos en el centro, si nos creemos el ombligo de la cosa, es que nos empezamos a poner nerviosos justamente porque no nos tienen en cuenta, no nos consultan demasiado, nos dejan un de lado, nos ignoran, nos olvidan un poco y eso nos pone muy nerviosos. ¿Qué quiere decir? Muy simple, que estoy en el centro de la cuestión.

Y ciertamente que los demás no tienen por qué girar alrededor nuestro, detrás de nuestras propuestas y locuras. Nosotros somos un engranaje, un punto, polvito de tierra más entre tantos que conformamos este planeta Tierra y nuestra realidad es que somos parte y no que somos el centro. El centro es otra cosa. Así es que, aunque no hablemos de Dios, de la Fe, de la vocación cristiana, hablemos nada más del hombre, no somos el centro de nada. El hombre nunca puede ser el centro, no soy indispensable, no soy tan esencial, hay que bajar un poco esa autoestima. No es que no hay que tener valor de sí mismo, pero a veces tenemos una exageración de nosotros mismos aberrante. Y además con un poco de observación nos damos cuenta en uno mismo que ridículo cuando está en el centro. Uno quiere manejar todos los hilos, el desgaste que provoca, las dependencias que provoca, la imposibilidad de crecer que experimentan los que están alrededor o abajo nuestro. No puede crecer la gente porque soy yo el que manda, el que define, el que está en todo, el que tiene la solución, la palabra, la última palabra. Yo en el centro. Este es un gran descubrimiento que uno tiene que hacer en esta sabiduría humana y más aún cuando hablamos del proyecto de Dios, sabiduría cristiana: saber que yo soy un pequeño grano de tierra en este planeta y que nadie tiene por qué estar girando en derredor mío.

A nosotros, los cristianos, los que creemos en Dios y que vivimos de la relación con Dios, es importantísimo el ejercicio de la gran virtud cristiana, ejes de la vida espiritual, la caridad y la humildad. Son los dos rieles sobre los que se desarrolla y madura la identidad de un cristiano y tiene posicionamiento en el lugar donde me toca estar. La santidad es estar donde se tiene que estar. Podemos definir así la santidad, estar donde nos corresponde. A veces no estamos donde nos corresponde, ¿y por qué? Porque cuando yo soy el centro no preciso escuchar, no necesito que me digan donde estar, yo decido donde estar. ¿Y desde qué parámetros elijo, decido? Desde mi centro, mi mirada, mi posibilidad de entender desde lo que yo siento. Yo giro en una actitud inmanente y hago girar todo respecto de mi y vivo a mi capricho. Ese capricho tiene un costo muy alto en la vida, y necesita como enfermedad, tal como es, ser sanado. Cada uno de nosotros necesita ser recuperado de ese concepto, hábito, de estar en el centro de las cosas para aprender a vivir la sabiduría que respeta y valora los otros granos de tierra que también tienen un proyecto, una necesidad, que también tienen una misión que debe ser valorada por mí.

Ser santo: estar donde nos toca estar, en la medida, en el tiempo, donde Dios nos pide. Cuántas veces nosotros somos buenas personas pero nuestro desorden de egoísmo, afectos desordenados, hacen que dediquemos tiempo a algunas cosas y no es necesario, hace que estemos tanto tiempo con algunas personas, compartamos tanto, y descuidemos otras obligaciones, pero sobre todo, el planteo de fondo para vencer y matar la enfermedad, curar la enfermedad del egoísmo, tarea que es de toda la vida ciertamente, es corregir la escucha. Partir de la interpretación de la voluntad de Dios, estar atento en discernimiento y en escucha de lo que Dios quiera de nosotros. No se trata de andar haciendo cosas buenas solamente. Mucha gente dice que siente ganas de hacer una cosa u otra, y si no lo llaman o no los tienen en cuenta se enojan y quedan mal y después salen despotricando contra el ambiente que no los llamó. Es tan sano saber ocupar el segundo lugar. Es una de las dimensiones importantes de la santidad, ejercida desde esa mirada, realismo, que implica la humildad. La virtud transformante, ubicadota del hombre, que lo pone realmente de cara a lo necesario en su proyecto de vida es el ejercicio de la humildad. Y el hombre vive por amor, por eso decimos que la caridad y la humildad son los dos grandes rieles de este tren que nos lleva juntos hacia la casa del Padre. Uno puede buscar otros caminos pero no va para la casa del Padre sino para adentro, a la casa de uno mismo. Va para rascarse para adentro. Ser el centro, un gran problema. Volvemos a recordar aquella expresión que el Espíritu Santo le hizo decir y necesitó decir Juan Bautista: “Es necesario que yo disminuya y que El crezca”

Le pedimos al Espíritu Santo que destruya ese terrible engaño de ser el centro, de ser tan importante que nos ponemos locos. Para ayudar a un simple discernimiento veamos como nos ponemos cuando no nos tienen en cuenta para darnos cuenta qué gigante egoísmo hay en nosotros. Y cómo, cuando a veces lo trabajamos un poco y lo adormecemos, y nos distraemos un poco y al rato está de vuelta gigante. Es terrible el ego pero no pretendamos anularlo. El egoísmo no debe desaparecer, la base del egoísmo es la persona herida, pisoteada, maltratada, usada y tirada por el demonio y es manipulada y tensionada por el demonio. Somos un campo de batalla el corazón humano. El ego, el yo, es un campo de batalla del espíritu que lucha contra la carne y la carne contra el espíritu, como dice Pablo, es el ámbito donde se mueven las pasiones. El hombre está desordenado y el egoísmo de alguna manera, tiene que morir, es la tarea de siempre. Pero la tarea de siempre no es que tenga que morir el egoísmo, yo necesito decir otra cosa más. Yo no puedo tener este concepto, esta expresión negativa. Como tengo la catequesis a mi cargo siento que debo expresar en fidelidad lo que siente mi corazón y también de mi experiencia de oración y de encuentro con el Señor.

Yo creo que el desafío no es la lucha contra el egoísmo, porque si no ser virtuoso sería corregir los defectos y ese no es el camino de Cristo, yo siento que el trabajo es el desafío de entendernos como una tarea permanente, de discernir y descubrir el llamado a una tarea permanente. Mi persona trabajada en el bien.

No cultivando y estando preocupados por sacar la cizaña, no señor, aguante la cizaña, mire el trigo, cultive el trigo. El trabajo por hacer desaparecer el egoísmo en realidad es el trabajo y el desafío por trabajar de un modo esperanzado mi persona, cada día me levanto para vivir un proyecto, eso es lo importante.

Sabiendo que cuento con una gracia, que tengo que estar atento porque tengo que dar lugar a las cosas y esto es un aprendizaje y voy aprendiendo a dar lugar a mi prójimo, voy aprendiendo a dar lugar a Dios en mi vida y ciertamente el que empieza por trabajarse, y así va venciendo su egoísmo y puede tener buena experiencia de oración se va poniendo dócil para que Dios vaya obrando en el.

El tema de la oración es serio porque hace que Dios pueda obrar lo que tiene pensado obrar en la persona. Es decir que uno le permite al Señor, y eso es una negación de las exageraciones del propio yo. Pero el Señor, que también ve la generosidad y el trabajo del que ora, orar también es una tarea, un trabajo, una fatiga, a veces orar son lágrimas y suspiros, ojo, muchos creen que orar es estar todo bien, estar en el sexto cielo y volar, y que se dilate y corre el afecto por todos lados.

Eso puede suceder algunas veces, y es agradable, pero es peligroso, es como el sebo del anzuelo, quedas enganchado y después no te vas a querer desenganchar. Ojo, mire que el Señor nos consuela para calmarnos pero la lucha es de transformación. Entonces estar atentos.

Muchos creemos en algunos momentos de la vida que la oración es una cosa así, de sentirse bien, pero en realidad es un trabajo, es una tarea, hay que saber usar la mente, el corazón, empezar a educar el oído espiritual, despertarlo.

Empezar a despertar una capacidad de ver, Señor que vea, es el trabajo de la contemplación en la Palabra de Dios, eso es lo transformante, y cuando el Ser humano va empezando a darle lugar a Dios en su vida, y eso es ir matando el egoísmo, también en la vida de relación va aprendiendo a valorar al hermano, al prójimo, va aprendiendo a darle lugar al pensar, a la necesidad, a los tiempos del otro.

Y también va aprendiendo a enfrentar al otro, porque en l a oración también nos enfrentamos con Dios.

Lo mismo que pasa en los rezos pasa con la relación con el prójimo y no hay más amor al prójimo sino hay más relación profunda y obediencia a Dios en la oración. La oración y la vida van matando el egoísmo y van haciendo que salgamos del centro, ejercicio permanente. Caridad y humildad, los dos rieles de nuestra vida espiritual.

Todo lo que trabajemos debe estar encauzado en amar, con el amor de Dios, descubrir el camino de la caridad y orar, un ejercicio de humildad. Los dos rieles se juntan en la oración. Y los dos rieles se juntan en el tratamiento con el hermano en la vida. Caridad y humildad van de la mano esencialmente. No se puede pretender trabajar uno sin trabajar el otro.
Cuando se ama se aprende humildad, y cuando se ejercita la humildad se aceptan humillaciones, cuando se cargan con cruces en silencio se crece en amor y se crece en otras cosas como por ejemplo en fortaleza, en generosidad, se crece en la presencia del Espíritu Santo, en la alegría, porque la vida espiritual es un organismo, cuando crece algo crece el resto, el todo, pero Dios dice en qué debo esmerarme, en qué debo crecer.
Para ejercer caridad debo escuchar también a Dios.

Escuchar a Dios es una clave concreta para no ser y permanecer siendo el centro y no estorbar, continuar estorbando con mis genialidades, continuar estorbando al proceso del prójimo, de la comunidad, del hermano. Y no estorbar al proceso de Dios en mi persona. No se puede vivir el proyecto de plenitud humana sino mirando y escuchando a Cristo en el ejercicio concreto de la vida que se entrega en la caridad, que está disponible con generosidad, alegría y prontitud, y sin la aceptación de las cruces que hay que cargar, que también, propio del amor, es hacer propio lo ajeno y no en el sentido de estorbar sino en el de ayudar, de cargar, de sentir como propia la necesidad y la debilidad del prójimo, como nos muestra la parábola del Buen Samaritano. Como nos demuestra el encuentro de Zaqueo con Jesús, la conversión.

El paso para entrar en el camino de Jesús para Zaqueo significó inmediatamente la necesidad de reconocerse pecador y la necesidad de comprometerse en poner en común los bienes materiales, enseguida nace la caridad en el encuentro con Dios

Cuando el encuentro con el Señor está hecho en verdad, es real, entonces se hace concreta la vida cristiana, y es real, y se hace presente Jesús en el mundo, eso es lo más lindo.

Caridad y humildad, los dos rieles de la vida espiritual. Ser el centro es algo natural para nosotros, no nos damos cuenta, pero vamos queriendo robar la atención, es la herida del pecado original. Lo que decía el demonio era Non Serviam, el más grande de los ángeles lo dijo y entonces se niega a obedecer a Dios y eso trae todo el caos a la humanidad, por la envidia del demonio entró el pecado en el mundo.

No dejarnos engañar, no soy yo el centro de la existencia y debo aceptar mis debilidades porque gracias a ellas puedo encontrarme y conectarme también con los demás. Pidamos al Espíritu Santo que destruya ese terrible engaño, que nos ayude a abrir los ojos para descubrir la grandeza del universo, para ampliar nuestros horizontes para romper esa cárcel enfermiza que soy, para reconocer que nosotros giramos alrededor de Dios en definitiva porque el es el verdadero fin.

Es necesario que yo disminuya y que El crezca, volvemos a recordar las palabras que el Espíritu impulsó a decir a Juan el Bautista.

Dios es el centro, el verdadero centro de la vida, entonces nos liberaremos de muchos sufrimientos inútiles, sin ninguna duda.

Ven Espíritu Santo,
Llena los corazones de tus fieles,
Enciende en ellos el fuego de tu amor
Envía tu Espíritu Señor para darnos nueva vida
Y renovar la faz de la Tierra.
¡Oh Dios!, que iluminaste los corazones de los fieles
Con la luz del Espíritu
danos el gustar todo lo recto según el mismo espíritu
Y gozar siempre de su consuelo.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Amén.

Ave María Purísima. Sin pecado concebida.

Marcos 7, 31-37

Jesús dejó el territorio de Tiro y se dirigió de nuevo por Sidón hacia el Lago de Galilea atravesando el territorio de la Decápolis. Le llevaron un hombre que era sordo y apenas podía hablar y le suplicaban que impusiera sobre el la mano. Jesús lo apartó de la gente y a solas con él le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con su saliva. Luego, levantando los ojos al cielo suspiró y dijo Efatá, que significa ábrete, y al momento se le abrieron sus oídos, se le soltó la traba de la lengua y comenzó a hablar correctamente. El les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, más lo proclamaban, y tremendamente admirados decían: Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Que lindo poder compartir esta palabra en el día de hoy, en el final de esta semana, así, viéndolo a Jesús en una nueva expresión de su amor, de su misión, de su identidad, haciendo presente el Reino con gestos de liberación, y la verdad, es que uno escucha y lo ve un poco a Jesús en el Evangelio.

Y la Liturgia asocia los textos también y si nos vamos a Isaías en el capítulo 35 tiene expresiones tan lindas la escritura: Fortalezcan las manos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes, digan a los cobardes ánimo, no teman, miren a su Dios, trae la venganza y el desquite, viene en persona a salvarnos, se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, saltará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará, brotarán aguas en el desierto, y arroyos en la llanura.

Palabra de Dios.

¡Qué lindo! Cuánta esperanza, se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán. Es tan importante lo que dice la Escritura, cómo el Espíritu Santo viene hablando desde hace mucho tiempo y anunciando esto que va pasando con Jesús en ese presente, en ese hoy, ese Jesús que lo veo siempre hoy, sólo hoy, ayer también fue hoy, por eso es que ese hoy está ligado al ayer y el ayer ligado al hoy.

Juego de palabras. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre dice la Sagrada Escritura. Y para Dios no hay ni futuro ni pasado, en la mirada de Dios hay un presente, Dios ama. Es un amor actuante aquí y ahora, es un amor que busca sanar como es la misión de todo amor. El amor de Dios tiene la misión de sanar, de recuperar, de despertar los dones que le mismo Dios ha creado y que el pecado ha dañado tanto.

El Señor está mirándonos ahora. Está pendiente de mí ahora, está sintiendo lo que yo siento, está percibiendo las inquietudes más hondas, y lo que yo no entiendo el si lo entiende y el tiene la Palabra y tiene la gracia y está queriendo tocarme. Déjate tocar, déjate alcanzar por Dios, el Señor viene al encuentro de la persona. Yo me siento amado y se me amado y lo experimento en mi interior y tú también, nos sabemos amados por Dios, tocándonos, tocando la parte afectada, metiendo los dedos en las orejas.

Era sordo. Y qué significativo, saca saliva de su boca para ponerle en la lengua al sordo, porque los sordos tienen dificultad para hablar. Van ligados, el hablar y el escuchar van inevitablemente ligados, no se puede hablar si no se escucha. Eso es lo que pasa con el evangelizados, y esa es la experiencia de Radio María, el Señor va despertando una escucha en la actitud contemplativa, es el espíritu de discernimiento, es la Palabra que se nos va entrando y va educando interiormente y por eso hay una proposición y un anuncio y eso es lo que nos pasa a los evangelizadores. Es la obra de Dios un evangelizador.

El Señor ha tocado y ha tenido que sanar, restaurar la herramienta que va a usar para hacer el anuncio del Evangelio, la presencia del Reino, es que si el Señor no toca, yo no cambio, si el Señor no elige venir a mi encuentro, si el Señor no me mete los dedos en las orejas, si no me sacramenta, si no me toca con su saliva, que es vida, no me va a soltar la lengua para el anuncio. Por eso es tan esperanzado el mirar al Señor para encontrarse con el. Ojala hoy el Señor toque mis oídos y se despierte una gran escucha en todos nosotros.

Verlo al Señor tocando impresiona mucho, Jesús llega al contacto con la persona. Uno se encuentra con gente que dice que Dios no te va a solucionar los problemas, Dios no te abraza, no te toca, es etéreo, está en otro lado, no está en contacto con la persona, pero qué ignorancia, cómo va a decir eso, si no sabe no hable, que hablen los que saben, y no son los mejores porque sepan, sino son los que han recibido la gracia de encontrarse con Dios.

Quien se ha encontrado con el Señor sabe que significa lo que hace el Señor, y cuando Dios toca, se lo siente, se siente el afecto, el calor de la presencia de Dios. Yo le puedo asegurar que se siente el afecto y el calor del Señor como también se siente la ausencia del Señor. ¿Por qué se cree usted que hay gente que se queja cuando el Seño los abandona? Porque han experimentado la cercanía y la presencia, han sentido el tacto de Cristo, el aliento de Cristo, los dedos en sus oídos. Sabe que prueba que es para quien ha tocado a Jesús, después sentir que Jesús no lo va a tocar, o no lo está tocando, me abandonó dirá. María Magdalena, en la madrugada de la resurrección se fue llena de amor y de dolor al encuentro de aquel Jesús al que hasta ese momento había tratado de esa manera, en el encuentro, en la palabra, en el contacto, en el abrazo.

Fue allí, “Si eres tu dime donde lo has puesto, si tu te lo has llevado al cuerpo dime donde lo has puesto” porque ni siquiera iba a buscarlo vivo sino al cuerpo muerto para tocarlo, hasta tal punto que confundiéndolo con el hortelano, el le dice María, y era el Señor, le dice Maestro, y se quiere abrazar a los pies, y Jesús le dice: No me toques, anda y anúncialo a tus hermanos. El Señor toca y después te da una misión grande. Oír, aprender a oír, descubrir que es una gracia oír. Pero por otro lado yo quiero también decirte algo sencillo hoy, que identifiques tu capacidad auditiva, ese oído que te sirve para la música, que cuando vos estás escuchando te estás entendiendo con el que está al lado, no tenés que hacer otro esfuerzo, hasta estás haciendo otra cosa y estás escuchando. Esa escucha te está posibilitando tener un buen equilibrio físico. Te pueden decir cosas que a través de tu audición te van a motivar en el mundo de tu emoción, te van a decir cosas que van a educar tu inteligencia. Te van a decir cosas que vos vas a estar escuchando y vas a poder saber cuál es el camino, que es lo correcto, que es lo que tenés que evitar y punto. Dale gracias a Dios por esa oreja que tenés, por ese don interior del oído, ese sentido externo que es la audición, qué gracia, junto con la audición está el equilibrio y junto con la audición tenés el habla. Agradecele al Señor hoy: Gracias Señor porque me amaste dándome la audición. Porque con la audición me diste tantas cosas que yo no se, porque puedo hablar gracias a que escucho. Te das cuenta cuántos no oyen, no pueden hablar, son mudos, su lengua está dura, no puede ejercer el talento teniendo el elemento, la boca, la lengua, las cuerdas vocales, podría hablar porque tiene de todo pero no tiene audición y por eso no sabe hablar. Eso es lo que vino Jesús a soltar. No hay que preocuparse por la misión que hay que llevar a cabo, hay que ocuparse de la audición.

El Señor tiene que tocar nuestro oído y despertarnos a la conciencia de su voz que nos indica un proyecto, un sentido del anuncio, de la tarea, del servicio que nos toca en la vida. La lengua vendría a ser el ejercicio del servicio, la ubicación, la responsabilidad, la vocación, la misión que tenemos que realizar, que va a partir de un llamado del Señor a la misión, y ahí está la escucha, la raíz de la misión en el cristiano.

Es importante esto de darnos cuenta que en la vida espiritual, la fe entra por el oído como dice la Escritura.

Cuando anunciamos somos escuchados y la escucha despierta el sentido del caminar en la fe a la gente. Es importante desarrollar la escucha, es lo que vamos planteando desde esta conferencia de Aparecida que se sucedió dos años atrás en Brasil donde justamente muchos en la Iglesia esperábamos líneas de acción, de pastoral determinada y nada que ver, no es el tiempo de las grandes líneas de acción, es el tiempo donde se debe madurar la contemplación, el discernimiento y la escucha.

Sanar nuestra escucha. Y que importante es esto porque a veces en nuestra casa no nos escuchamos, en nuestra comunidad religiosa no nos sabemos escuchar, no nos sabemos tolerar, o escuchamos físicamente pero no escuchamos realmente con nuestro interior y no escuchamos al otro sino que escuchamos cosas que dice el otro, o escuchamos lo que queremos escuchar. Hay un refrán que dice que no hay peor sordo que el que no quiere escuchar, ni pero ciego que el que no quiere ver.

Y verdaderamente es así, y ese tal vez es uno de los milagros más grandes que el Señor tiene que hacer.

Es en donde el Señor tiene que poner manos porque muchas veces no queremos escuchar. Cuando hablamos de las crisis de vocación, de las crisis en la vida consagrada, de la falta de vocaciones, quizás tenemos que plantearnos que hay una gran crisis de escucha y comprender que este fenómeno no es sólo un fenómeno simplemente porque la gente vive aturdida, no, es un problema de fondo, es un problema en el cuál sólo Dios puede obrar y obrando Dios se puede despertar la posibilidad de recuperar el sentido de la vida. La escucha, a veces no nos escuchamos en la casa, no nos escuchamos en el matrimonio, no nos escuchamos con nuestros hijos, no nos escuchamos porque todavía hay que sanar prejuicios, posturas, cuando todavía soy demasiado centro no puedo escuchar, no necesito escuchar, no me gusta escuchar, pero es esencial la escucha.

Un orden nuevo de vida va a nacer justamente de esta actividad. Si hay algo, una línea de acción, es esta justamente, que el Señor nos permita, nos sane, nos meta los dedos suyos en los oídos, que el Señor grite por nosotros Efetá, para que se despierte en nosotros la capacidad auditiva entre los hombres.

Padre Mario José Taborda

Fuente: Radio María Argentina
La Escucha
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